Mi historia de vida

PATRICIA SUAREZ ROGGERONE (PATO)

Nací en la ciudad de Mendoza, con la posibilidad de mirar la montaña cada día de mi vida desde que comenzó. Desde a los 2 a los 5 años nos trasladamos a un pequeño pueblo al lado del Río Mendoza y rodeado de montañas, Cacheuta. Allí para mí nació mi amor por la cocina, viviendo en un enorme hotel donde mis padres trabajaban, recibiendo huéspedes que iban al lugar a tomar baños termales, aguas que según decían eran curativas. Mi padre además de ser músico, le gustaba cocinar y de vez en cuando hacía para recibir amigos, parientes o huéspedes, algún que otro manjar, asado, locro, lenteja, pan casero. Lo que para mí significaba uno de los momentos más especiales del día “comer y disfrutar”. Supongo que hacía otras exquisiteces que con el paso natural el tiempo se ha encargado de borrar, para mí el era un cocinero innato, disfrutaba de su tarea de hacer y dar. Mi madre hacía también lo suyo, criando animales, patos, conejos, pollos, y pájaros, que no comíamos obviamente, pero criarlos para ella era una de sus quehaceres que más amaba, porque le permitía hacer sus tareas cotidianas mientras escuchaba canto de sus pájaros. Con mi madre cosechaba los membrillos de una planta del lugar, que nunca supimos desde cundo estaba allí, pero para mí, ver como cambiaba con las estaciones era casi una magia inexplicable, para mí vivir en Cacheuta significó un espacio de vida sin tiempo, donde la única preocupación era jugar con sapos, cortar flores, andar suelta por el río, estar todo el día en la pileta esperar a mi hermana de la escuela, jugar con los vecinos, investigar los nidos ocultos de las víboras, cortar lagartijas, treparme a los árboles, jugar con los perros, mirar el membrillo…, como su fruta se agrandaba y se ponía muy amarilla y estaba lista para cortar. Era además el presagio del otoño, de pisar hojas en el jardín a saltos, el pegar hojas de infinita gama de amarillos, ocres y rojos en mi cuaderno de la escuela, dibujar el otoño, los lápices de colores, comenzar a usar abrigos tejidos por mamá, cortábamos la fruta y ella hacía el dulce. Luego, ver la habitación que ella usaba como despensa con dos mesones repletos de pequeños platitos de panes de dulce de membrillo, era mi tesoro y mi travesura favorita era ingeniármelas para sacar un trocito sin que se diera cuenta… y después pastelitos de dulce con granas de colores. ¿Cómo no ser cocinera? si cada uno de ellos marcó en mí, a su manera el amor en la tarea de alimentar.

Después de allí a mis 5 años volvimos a la Ciudad de Mendoza porque el gobierno militar decide cerrar el hotel de las termas de Cacheuta. Entonces a mi padre se le ocurre colocar en casa un negocio familiar, “viandas a domicilio”. Mi madre deja entonces las tijeras, las telas, los moldes porque era modista y se dedica a cocinar también. Tarea que aprendió de la mano de mi padre, el amor de su vida como dice ella. Así aprendí el oficio de hacer una comida para darle a otros y vivir de ello, algo natural para mí, mientras pasaba por una época de feliz infancia, de escondidas con los amiguitos del barrio, entre aprender a coser, aprender a andar en bicicleta, entre el olor a guardapolvo limpio, cuadernos nuevos, libros de lectura, dibujos en la escuela y mañanas en las que me despertaba adormecida e iba a la cocina en busca de mi desayuno y me sentaba en una silla a ver el espectáculo…una gimnasia especial de dos personas apuradas, que de un lado a otro, tomaban un producto y lo convertían en algo rico para comer. Papá hacía una masa en la que aplicaba su fuerza, estiraba con la pastalinda, cortaba y…” tallarines caseros”. La pastalinda era uno de mis pasatiempos favoritos de invierno, ayudarlos a estirar masa o hacer con mamá sopaipillas, tal vez era una excusa para sacar el mágico aparato de la caja y dar vueltas la manivela hasta el cansancio e insistir una y otra vez con la masa, cortar, hacer, encimar estirar, lograr una forma, unir, cortar, hacer una forma, unir…. Comencé a cocinar a mis 7 años, a veces ayudaba a papá y mamá en la cocina, me sentaba los 29 en la punta del mesón de la cocina y mi tarea era pasar miles de ñoquis por una tablita. A los 10 años era una experta en hacer hamburguesas e invitar a mis amiguitos de la cuadra a comer en las noches de verano en el patio gigante de la casa. Donde ya recuerdo haber pensado “que debo hacer para que sea más rico”..., la tarea de probar una preparación hasta quedar satisfecha con la faena, sabiendo que he logrado para mis sentidos el mejor sabor. Obviamente que usaba la “cocina comercial” como decían mis padres, porque siempre en mi casa hubieron dos cocinas, algo que me parecía genial, porque solo tenía que cruzar el patio para poder compartir el tiempo con ellos. En esta época 1980 papá hacía peñas en casa, hacía lo que más le gustaba, hacer de comer, tocar la guitarra y cantar. Mientras en esta época en mis siestas, si no dibujaba, mi juego favorito era a la cocinera de programa de TV, como Doña Petrona, que alguna vez vi,. de más chica, apenas el recuerdo borrado de las palabras trae algo como “…ahora Usted señora tiene que…”. Ellos tuvieron un restaurante de cantina de club, que era muy común en esa época, porque los clubes eran los lugares de esparcimiento de la familia mendocina. Ellos trabajaban mucho, sus jornadas laborales eran extensas, con mi hermana vivíamos en el club, dormíamos en el auto cuando había cenas, o usábamos nuestro ingenio para pasar las horas. Durante años los vi cocinar juntos, los ayudaba de vez en cuando, amasaba pan, hacía conservas, dibujaba, le hacía flanes de huevo a papa. Seguí cocinando de vez en cuando, dejando fluir las ganas y la creatividad, hasta que en mi adolescencia, iba a la tarde después que salía del secundario a una escuela para aprender a cocer y a cocinar de la mano de una ecónoma, porque en esa época en Mendoza no habían chefs. Dibujar, cortar, pegar y construir fueron aparte de cocinar uno de mis pasatiempos favoritos en mi infancia pero más aun en mi adolescencia. A mis 18 años me decido de un día para otro, ir a inscribirme a la Facultad de Artes y comienzo a cursar, mientras me ganaba la vida haciendo tortas para cumpleaños infantiles, cuyos decorados de colores eran a veces como esculturas en mazapán de personajes de Disney. El usufructo de mi trabajo me permitía comprar mis oleos, acrílicos y papeles. Los momentos vividos en la Facultad de Arte serán siempre para mi años para atesorar porque tuve la fortuna de disfrutar de la educación formal de grandes artistas plásticos mendocinos y profesores que amaban serlo como Eduardo Chilipoti, Eliana Molinelli, Estela Labiano, Eduardo Musso, Inés Rotella, Chalo Tulián, Eduardo Tejón, Santangelo, Cristian Delhez, Alicia Farkas…Profesores que me enseñaron a enseñar, que me formaron en el compromiso, en la ética , en la profesionalidad, además de enseñarme a entender el lenguaje del color, las líneas, las formas, el movimiento, las luces, las sombras, las técnicas, la estética, el desnudo, la expresión, a SER, a SENTIR, a DECIR. En la cocina mis grandes maestros fueron mis padres, ellos me enseñaron a pasar el tiempo con alegría en un espacio llamado “cocina”, inventando, creando, viviendo…Tal vez por ello mi educación académica terminó en la cocina, es mi elemento yo digo es como “ pez en el agua” mi esencia.